Entraron unas mujeres bellísimas, sin cuello ni cabeza, con deslumbrantes trajes que parecían antiguos y modernos. Faldas muy amplias, cintura justa y el busto acaso velado. Iban descalzas con uñas bermejas, y tampoco tenían manos. Los colores de las faldas eran desde el luminoso amarillo, al verde áureo, al brillante como de sol y con franjas rojas.
Mi tío Enrique tenía trece años y clamó: –¡Yo ya puedo casarme!
Enlazó a una y se pusieron de baile. Y luego gritó: –¡Me dijo sí!
(¿Cómo? ¿Si no tenía boca?) Y fueron bailando hasta el patio, y al jardín y al bosquecillo, a la umbría, al rincón, donde siempre ocurrieron las cosas.
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